Hace 22 días, Marissa Montoya (colombiana, 36 años) estaba profundamente dormida, como acostumbra, cuando unos golpes en la puerta de su habitación la despertaron en mitad de la noche al grito de “¡Madre, que estamos de parto!”. Y, a partir de ese momento comenzó un trajín de preparativos, monjas y nervios que concluyó cinco horas después con una joven y su hijo recién nacido en el Hospital de Cabueñes. Un bebé que hoy es el benjamín de la Casa de Acogida para Madres Gestantes de La Guía. El primero que “nace” entre sus muros.

Marissa Montoya es la superiora de la Casa, un torbellino de mujer “enormemente feliz” al frente de este proyecto que tiene tres meses de vida junto con otras dos religiosas de la congregación Madres de los Desamparados y San José de la Montaña, a las que se suman las que dirigen el Colegio Virgen Reina. Tres monjas (colombiana, chilena y española) que llevan tres meses empeñadas en “ser madres para las madres” gracias a las catorce plazas de una vivienda recién construida y “con las puertas abiertas de par en par a cualquier joven embarazada con dificultades para que pueda sacar adelante su embarazo”.

Durante ese tiempo han acogido a cinco mujeres. Algunas con hijos y otras a pocas semanas de dar a luz. De otros países y asturianas, pero con una característica común: “No tienen trabajo ni recursos para enfrentarse al mercado laboral. Sus situaciones son muy difíciles”.

Una de ellas es Sonia -nombre ficticio-, que llegó a La Guía por consejo de una asociación pro vida y que, pese a que sus padres viven muy cerca de Gijón, no pueden hacerse cargo ni de ella ni del bebé. Porque, apenas rebasada la veintena, tiene un pequeño de diez meses “que se ha convertido en la alegría de la casa” una vez que los dos han conseguido sentirse en ella “como en una familia”. Aunque, en un primer momento, reconoce la joven, lo de ir a “una casa con monjas” no le sonó nada bien. “Hasta que las conocí. Entonces ya sí”.

Lo que Sonia encontró en la Casa de La Guía son espacios amplios y luminosos, un huerto con gallinas y un pequeño invernadero, orden y limpieza. Pero, sobre todo, un lugar en el que “las tareas se comparten y una llega donde no llegan las otras” y en las que las tres monjas-madres se esfuerzan “porque las chicas encuentren la estabilidad para poder enfrentarse a un mundo que es duro” por más que el lema personal de la superiora sea “no hacer problema donde no lo hay”.

Necesitamos de todo

Para conseguirlo, organizan talleres en los que cuentan con la colaboración de muchos. “Hay psicólogas y educadoras sociales con una calidad humana enorme que vienen gratis como voluntarias. Y nos han donado de todo, desde juguetes a un armario, porque necesitamos de todo, desde mamparas para garantizar la privacidad de las chicas a visillos o un seto, así que podemos decir que a solidaridad de los gijoneses es increíble, pero, aún así, necesitamos socios para seguir adelante con este proyecto”, defiende Marissa Montoya, de profesión maestra.

Son la forma de garantizar unos ingresos fijos, “aunque la aportación sea pequeña, porque un poquito y otro poquito hacen un muchos. Porque no son nuestros hijos, pero como si lo fueran. De todos”.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s