La radiografía que se dibuja de la sociedad actual es de una pobreza más extensa, más crónica y una convivencia que se asienta cada vez más en una sociedad distribuida en dos únicas clases: ricos y pobres. Un panorama más propio de países emergentes que de democracias consolidadas.

La clase media, la gran conquista del siglo XX, el sustrato que garantiza la estabilidad económica, social y política de los Estados avanzados adelgaza a velocidad de vértigo, con los graves riesgos de toda índole que ese movimiento plantea. Qué fácil es perder lo que hemos tardado años, décadas incluso, en conquistar.

La opción que se plantea al sector financiero para que admitan iniciativas como por ejemplo la vivienda a cambio de saldar la hipoteca de las familias en paro y con graves problemas económicos encarecerá sin duda los préstamos y, aunque de forma limitada, puede llegar a impactar en los ingresos de Hacienda.
En la medida en que los bancos contabilicen esos créditos fallidos como pérdidas, caerá su beneficio y, a su vez, la transferencia que, en concepto de impuesto de sociedades, transfieren a las arcas públicas. Es decir, una vez más, lo pagaremos todos, de forma proporcional, con cargo a nuestros bolsillos. Aunque, desde el punto de vista social, puede frenar la dinámica de exclusión social a la que se ven abocadas un número creciente de familias.

Los llamados países ricos son exponentes de un increíble avance científico y técnico, pero, en el terreno de las conquistas o preservación de valores humanos, estamos igual, o incluso peor, que en la época de las cavernas.
Olvidados casi completamente de los principios cristianos (que queramos o no, tiene nuestra civilización históricamente), de donde derivan esencialmente dichos valores, y sumidos en el idiotismo retrógrado de guerras y violencia, materialismo y consumismo feroz, insolidaridad humana en todos los aspectos, estamos muy lejos de alcanzar un mundo más habitable y humano, con la paulatina desaparición de esas brutales diferencias económicas, políticas, sociales y culturales existentes entre unos países y otros.

Tras el gran fiasco de las políticas incapaces de solucionar los problemas del hombre, sin destruir su libertad y su esencia espiritual, el capitalismo, tal como se concibe actualmente, generador de crueles injusticias y deshumanización, es un sistema político y social que pide a gritos una revisión profunda si no quiere convertirse en un totalitarismo más sin rostro humano.

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