Crecimiento cero

En 1968, en la Universidad de Stanford, el profesor Paul Ralph Ehrlich comenzó a proponer una teoría según la cual si el crecimiento de la población hubiese continuado al ritmo de los últimos años, habría provocado un fenómeno que fue considerado aterrados en su momento: es decir, centenares de millones de personas antes del año 2000 habrían muerto de hambre por la falta de recursos.

Algunos años después, en un libro titulado “Los límites del desarrollo”, elaborado y propuesto por el Club de Roma y por muchos otros círculos similares, volvía a proponer las profecías catastróficas de Ehrlich, sosteniendo que la tasa de crecimiento de la población era demasiado alta, que había que detenerla, de lo contrario decenas de millones de personas morirían de hambre antes del año 2000 en Asia, en China y en India. Imaginaos un poco: no sólo no han muerto de hambre, sino que han llegado a ser más ricos que nosotros, hasta el punto de sostener en pie nuestra economía.

¿Y quién ha producido esta riqueza? Ha sido precisamente el crecimiento de sus poblaciones. ¿Qué provoca un sistema económico que no tiene hijos? Me limito solo a mi conocimiento de los hechos y exclusivamente a las “cunas vacías”. Los “no nacimientos” provocan una forma de congelación del número de la población y en consecuencia el aumento de los costes fijos de una estructura económica. En los años 70 el mundo estaba dividido convencionalmente en cuatro grandes áreas: el mundo desarrollado, cerca de mil millones de personas, con Estados Unidos, Canadá, Japón y Europa; después estaba el segundo mundo, el del bloque soviético; después estaba un mundo en vías de desarrollo; y finalmente, el cuarto mundo, en condiciones de grave subdesarrollo.

En aquellos años, el llamado mundo desarrollado, a causa de las teorías neo-malthusianas, bloqueó el crecimiento de la población de un 4-4,5% a una bajada progresiva hasta el 0% de los años Ochenta, sobre todo en Europa, Estados Unidos, Canadá y Japón.

¿Sabéis que significa crecimiento cero? Uno piensa: ¡no se tienen hijos! No, crecimiento cero quiere decir que se tienen dos hijos por pareja, que es la tasa de sustitución. El crecimiento cero provoca la congelación del número de una población y cambia su composición: hay menos jóvenes que acceden al mundo del trabajo y de la productividad, y más personas que salen del mundo del trabajo por ancianidad. Esto provoca por un lado una menor productividad, un detenimiento del ciclo del desarrollo social, por tanto se casan menos parejas, menos parejas tienen hijos, y por otro aumentan los costes fijos. Porque las personas que envejecen tienen un coste mayor como pensiones y como sanidad, Este es un fenómeno que fue ignorado completamente.

El crecimiento cero provoca la imposibilidad de reducir los impuestos porque aumentan los costes fijos: en 1975 el peso fiscal en Italia era del 25% del producto interno bruto, hoy es el 45%. El fenómeno de las cunas vacías no sólo frena completamente el crecimiento, sino que hace caer la tasa de acumulación del ahorro, porque una familia con un solo hijo tiende a no ahorrar, pierde motivaciones y no ve grandes perspectivas.
¿Qué hizo nuestra civilización desarrollada para compensar la caída del desarrollo consiguiente a la caída de los nacimientos? Llevó a cabo dos intervenciones concretas de carácter económico: el aumento de la productividad; y la deslocalización productiva. El aumento de la productividad a través de la innovación tecnológica, intentando producir más para hacer crecer más la tasa de desarrollo. La segunda estrategia fue la deslocalización productiva, es decir, la transferencia a Asia de una serie de producciones de bajo coste con el objetivo de obtener bienes que costaban menos y que hacían aumentar el poder adquisitivo. Pero tampoco esto bastó. Entonces se adoptó el llamado sistema de crecimiento a débito, haciendo endeudarse al sistema económico y sobre todo a las familias.

Os doy dos números: desde 1998 hasta 2008 el endeudamiento del sistema “Italia” ha crecido del 200% al 300% del PIB, es decir, un 50%. Todo esto para sostener una tasa de crecimiento que prescindía completamente de los nacimientos y del crecimiento de la población. Pero fue aún peor en los Estados Unidos, cargados también por exigencias de presupuesto militar. En los últimos 10 años, desde 1998 hasta 2008, el peso del endeudamiento de las familias americanas sobre el PIB pasó del 68% al 96%, es decir, 28 puntos porcentuales. 28 dividido entre diez hace 2,8 al año de crecimiento debido completamente a la tasa de endeudamiento de las familias: es decir, las familias, para sostener los consumos y el crecimiento económico del PIB se han endeudado hasta un nivel insostenible.

Las familias se han encontrado siendo ellas subsidiarias del Estado, en lugar de lo contrario. Las familias se han endeudado durante muchos años, han visto derrumbarse el valor de sus inversiones, han visto caer el valor de la casa que habían comprado, han visto derrumbarse el valor de su fondo de pensiones, y todo esto endeudándose para mantener en pie casi el 75-80% del producto interior bruto americano. ¿Y todo esto por qué? Porque no se tenían hijos o no se dejaban nacer suficientes; está claro, y lo sabemos todos, que la tasa de crecimiento americano de la natalidad era levemente superior, pero ello se debía mucho también al proceso de inmigración latino-americana, que no ha sido suficiente para compensar las exigencias del PIB americano.

En conclusión: hace muchos años pensábamos que no teniendo hijos nos habríamos convertido en más ricos, habríamos estado mejor. Ha sucedido exactamente lo contrario: no teniendo hijos, nos hemos convertido en más pobres y estaremos mal durante mucho tiempo si no conseguimos desinflar este sistema de endeudamiento y si no volvemos a dejar nacer al menos a los niños concebidos.

Anuncios

La dificultad día a día

Una pequeña embarcación pesquera se debate en medio de la tormenta. Forcejea por mantenerse a flote entre el hervir de las olas. El capitán, firme frente al timón, recibe sereno los embates de la naturaleza. Sus brazos están agotados, pero no desiste en sus esfuerzos sobrehumanos. Sabe que la vida de sus hombres está en sus manos; no les puede fallar. De vez en cuando, recorre la cubierta con la mirada, admirado ante la valentía de cada marinero. Es, entonces, cuando de su corazón brotan nuevas fuerzas. Pero las más de las veces, suplica silencioso, anhelando que el sol le regale una mirada…

Las tormentas son fabulosas vistas desde la casa; pero terribles, soportadas a la intemperie. A nadie le incomoda ver los rayos y el granizo detrás de una ventana; pero sí, cuando caen sobre su cabeza. Pero aun así, las borrascas externas no representan casi nada comparadas con las internas. Cualquier enfermo preferiría mil veces vivir entre enfermos a estarlo; así como el lisiado preferiría compartir su casa con varios lisiados a estarlo. Cuando alguien cae enfermo, se le recomienda que tome reposo y medicinas. Pero cuando se cae en la angustia, lo recomendable es conservar la paz y tomar una fuerte dosis de “motivación” para sobrellevarla.

La dificultad toca día a día a nuestra puerta. Se abre paso en nuestra vida, como las nubes en el cielo claro. No hay hombre capaz de escondérsele, así como no hay ciudad capaz de evadir la lluvia. Por esto, resulta extraño soñar con una vida fácil, libre de complicaciones. Los caminos fáciles no existen, todos tienen sus inconvenientes: unas veces será una grieta, una curva, una subida; otras, el clima, el tráfico o el terreno. Los obstáculos son utilísimos. Sin ellos, viviríamos en una
monotonía infernal.

Los problemas nos desoxidan y nos quitan el sarro acumulado. Si a un ciclista novato le cuesta horrores recorrer una nueva pista, tal vez no se deba tanto a la pista cuanto a su falta de experiencia. Quien haya dejado por años la bicicleta y después la haya vuelto a retomar, sabrá por experiencia que los primeros pedaleos son torpes. Apenas si se guarda el equilibrio, culebreando por el camino a una velocidad lenta y con grandes esfuerzos. Después de unos días más, se recobrará gran parte de la agilidad perdida, con unas piernas cada vez más desentumecidas.

Las dificultades no hacen al hombre -según el pensamiento de muchos-, sino que muestran que lo es. ¿Cuándo se ha visto que de los enérgicos temblores, nazcan edificios? Los terremotos no se dedican a edificar, sino a destruir y a comprobar la solidez de las construcciones. Por eso, es en el momento de la prueba, cuando cada quien se demuestra quién es. Los periodos de tempestad son unos momentos preciosos de auto-examen. Lo fascinante es que son sorpresa. Así que debemos estar siempre preparados, pues la nota es exacta y no se aceptan sobornos.

Las contrariedades doblegan lo superficial… lo doblegable. Los ventarrones pueden echar por los suelos a una planta en maceta, pero no podrán contra el árbol montañés. No tanto por su corteza, vigor o tamaño, sino por sus raíces. Se necesitan raíces firmes y profundas, para no sucumbir. Si una planta no se preocupa por abrirse paso en la tierra, sino que se limita a absorber nutrientes, será muy vulnerable. Bastará cualquier pequeño aprieto para hacerla palidecer.

Es muy arriesgado decidir en tiempos de tempestad. La mente no está en sus mejores momentos, sino que desvaría mareada de un lado a otro. Está borracha de desgracias y alucina salidas por todos lados. Es difícil decidir. Un giro falso al timón puede resultar fatal. Lo mejor es mantenernos firmes, aunque sangre el corazón o se queje el entendimiento. Porque no sólo nuestra vida corre peligro, sino también la de nuestra tripulación y la del barco.

“Al buen tiempo, buena cara…”. Cualquier hombre se alegra con el día, ¿a quién le cobran por la luz del sol? Pero, en la noche, es distinto. En la oscuridad, brillan las estrellas. Podemos preguntarnos: “¿durante el día hay estrellas?” Sí. No las vemos, porque el astro rey las opaca. Resplandecen camufladas; sin la oscuridad, jamás las apreciaríamos. Hay quienes brillan en la oscuridad y quienes se entenebrecen en las tinieblas.

Las dificultades exigen lo mejor de nosotros mismos: requieren una preparación continua. Nunca nos sobrepasarán. Basta con mantenernos firmes y evitar las decisiones precipitadas; porque, de lo contrario, la tormenta se apoderará de nuestro ánimo y nos devastará. La única consigna válida para los momentos angustiosos debe ser: “Renovarse o morir”, sobreponerse o naufragar; conscientes de que llevamos entre manos más de un destino: el nuestro y el de cuantos nos rodean.

Gracias, Gustavo.