Requiem por Paul

Celebramos hace poco el día de oración por los difuntos, por lo que a nadie le debería extrañar el siguiente epitafio que apareció en los periódicos: “Era muy querido, lo vamos a extrañar, entusiasmó a gente de todos los continentes”.

El hecho de ser muy querido y de ser extrañado de alguna manera podemos decir que es relativamente normal o al menos frecuentemente expresado por aquellos que hablan o comentan de los recientemente fallecidos. Quizás llama más la atención eso de “entusiasmó a gente de todos los continentes” pues en este mundo de la globalidad nos hace referencia a un personaje de talla internacional y que además consiguió despertar no sólo las simpatías, o el aprecio sino el entusiasmo, sentimiento que es difícil alcanzar y más aún de que perdure en un ámbito mundial.

Pues bien, no estamos hablando de ningún gran científico que haya obtenido el premio Nobel o cualquier otro galardón internacional. Tampoco estamos hablando de un magnífico pintor, ni escultor, ni arquitecto, ni músico, ni literato, ni político, ni personaje religioso, ni siquiera hablamos de un gran hombre de paz. Sin embargo, ésta fue la frase que le salió del corazón a Stefan Porwoll, cuidador del difunto cefalópodo Paul, que se hizo célebre por sus acertadas predicciones sobre los resultados del último campeonato mundial de fútbol.

Resulta chocante ciertamente la notoriedad alcanzada por el famoso pulpo. Incluso a aquellos que renegaban del fútbol, a tantas mujeres hartas de ver a sus maridos con la cara con forma de balón, a muchas de esas les aseguro que les hizo su gracia la cosilla de ver un bicho que acertaba todos los resultados del mundial de fútbol. Curiosidad, y simpatía que se fue convirtiendo en ansiedad a medida que la selección española iba superando fases hasta llegar a esa terrible final contra aquellos hijos de Flandes a los que mayoritariamente queríamos volver a hincar la pica en su costado. Fue entonces, en esos días estivales de julio cuando el país se paralizó. Cuando las radios echaban humo, las páginas de internet eran continuamente consultadas, las televisiones encendidas y la pregunta en la boca de muchos: ¿Quién ha dicho Paul que ganará la final? La tensión era insoportable, hasta que por fin tuvimos fumata blanca: Paul ha hecho su predicción y, más aún, sus tentáculos viscosos se han posado sobre la urna acuática decorada con la bandera española.

El grito de júbilo se escapó de miles de gargantas: ¡¡¡ganamos el mundial!! Poco importan los entrenamientos, el juego desplegado, las tácticas, las bajas en uno o en otro equipo, las estadísticas mostradas, el estado del terreno de juego o la fuerza física o moral de uno u otro equipo. Paul ha hablado y España va a ganar. ¡Puf, podemos respirar! Sólo quedaba ya descansar unas horas y ver con más o menos ganas la final del mundial. Poco importa el espectáculo pues las cartas están echadas.

En fin, el final ya lo sabemos: las predicciones se cumplieron y gritos de júbilo recorrieron la Península Ibérica y la bandera de España ondeó con la gloria y la profusión de antaño. Paul adquirió rango de semi-dios. Los zoos y acuarios hacían ofertas millonarias a sus dueños para comprarlo. Su perfil marino ilustró y quedó grabado en banderas, camisetas y todo tipo de objetos.

Pues bien, la fama, una vez más resultó efímera y la gloria pasada fue gloria vana que se deshizo como la arena del mar que un día hizo de cuna del joven cefalópodo. Un inolvidable 26 de octubre Paul dejó su vida en la tierra, o mejor dicho en el agua del mar, para dejar paso a la leyenda.

La historia de Paul es una historia para el cine pues aúna en sí los sentimientos más básicos del ser humano: la emoción, el suspense, el sufrimiento, el júbilo y la alegría desbordada.

Ojalá que seamos capaces de mirar con tan sólo un poquito del interés que pusimos en Paul, a tantas personas que caminan a nuestro lado en esta aventura que es la vida. Son personas normales. Muchas nos regalan cada día sus sonrisas, sus gestos de saludo, sus detalles de afecto, sus dones compartidos con nosotros. Quizás ni nos fijamos en ellas porque no salen en la tele, quizás nos acostumbramos a recibir de ellas muchas cosas buenas, pero ni nos percatamos de que este mundo sería mucho más triste, mucho más oscuro, mucho más duro sin su presencia. Ellos nos han repartido una gota de amor, ese extraño líquido que si está empapado en Dios, es el único que calma la sed.

A ellos, a esos conocidos desconocidos, a esos que parecen personajes secundarios en el teatro de nuestra vida, a esos que nos han precedido en el sueño eterno, mi agradecimiento y mi réquiem de amor.

Gracias Javier

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