Recientemente asistí a la celebración de la Confirmación de uno de mis hijos.
Finalizada la celebración me llamó la atención como existe un cambio radical de nuestro comportamiento dentro y fuera de la Iglesia. Tal como si dos personalidades polarizadas viviesen en cada uno de nosotros y fuesen seleccionadas en función del entorno en el que nos movemos. Camaleónicos por miedo, por una supuesta inseguridad o por evitar un posible conflicto que nos lleve a argumentar los motivos de nuestra fe ante un presunto interrogatorio.

Los creyentes vivimos diariamente una serie de situaciones incómodas y sin sentido que hacen reflexionar. Son muchas las ocasiones en las que nos vemos obligados a callarnos o a minimizar nuestras creencias sencillamente por no entrar en una batalla dialéctica sin fin con quien nos pregunta por nuestra fe, por miedo a lo que puedan pensar, a que nos etiqueten de antiguos o a que nos rechacen en nuestro entorno habitual.
Sentir vergüenza por responder, por llevar un símbolo religioso visible o por decir que vamos a misa, deberían ser motivos suficientes para preguntarse si nuestro silencio merece la pena.
Y es que el miedo es una gran pared que obstaculiza seguir adelante por el camino que de la fe al que uno ha sido llamado. Ese miedo no debería existir puesto que, si nuestra fe nos llena y hace felices, no es motivo suficiente para sobrepasarlo?

Si la religión en realidad tiene que ver con lo más hondo, lo más auténtico, lo más profundo que se pone en juego en nuestras vidas: el amor, la alegría, la soledad, el sufrimiento, la muerte, el encuentro entre personas, la libertad, el riesgo, el tiempo y Dios…
No sería acertado demostrar a los que tienen una visión de la fe poco reflexionada, fundada en prejuicios, simplificaciones y estereotipos, que es más importante adentrarse en el camino de las dudas, y hacer búsquedas y opciones más serias?

Si hemos comprobado que la respuesta a nuestra vida en este mundo está más allá de lo que día a día vivimos o de lo que puedan pensar los demás, ya es un gran razón para confirmarse y eliminar ese temor insípido que impide sentirnos felices. Es momento para dejar que nuestra luz brille y actuar como la sal que adereza y enriquece la tierra que habitamos.

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